El silencio que siguió a las palabras de Félix fue más elocuente que cualquier alarma. No era la ausencia de sonido, sino la presencia de una amenaza materializada en ondas hercianas. Clara permaneció inmóvil en el quirófano, observando cómo los técnicos limpiaban la sangre del Halcón. El éxito de la cirugía le sabía a ceniza. Había ganado una batalla contra la muerte, pero probablemente había perdido la guerra de la clandestinidad.
Félix no perdió un segundo. Su voz, serena pero cargada de una