La pantalla del teléfono seguía brillando en la penumbra, arrojando una luz fantasmagórica sobre mi cara. Las dos líneas de texto parecían pulsar con una vida propia, con una amenaza y una promesa que helaban mi sangre y, para mi horror, aceleraban mi corazón con un pico de emoción prohibida.
Soy yo. El de la UCI. Quiero verte.
¿Cómo? ¿Cómo era posible? Mi número no estaba en mi ficha del hospital. Era privado. Solo unos pocos lo tenían. Amanda. Mi madre. Darío… Darío, que ahora estaba con Romi