El silencio que siguió a la llamada fantasma fue más estridente que cualquier ruido. Amanda y yo nos quedamos mirando el teléfono inerte en mi mano, como si fuera un artefacto explosivo que hubiera decidido, de momento, no detonar.
—Esto es… esto es acoso, Clara —dijo Amanda, rompiendo el hechizo de horror. Su voz sonaba temblorosa, la bravura de hace un momento drenada por el escalofriante mensaje implícito de la llamada—. Y es poderoso. No podemos ignorarlo.
—¿Reportarlo a la policía? —pregun