La copa de champán en mi mano era un cilindro de hielo que me quemaba la piel. Sonreí a Isabella, brindé con ella, pero mi sonrisa era una máscara rígida y mis ojos no podían evitar vagar entre dos polos opuestos de peligro: Vittorio Rossi, que se movía por la sala como un tiburón en aguas familiar, y Félix, inmóvil en las sombras, un espectro de ira silenciosa.
Isabella, ebria de champán y de la emoción de haberme "presentado a la alta sociedad", no notaba la tensión que me tenía paralizada.
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