La puerta de UCI se cierra con un susurro hidráulico, dejando al hombre —al paciente— en manos de un silencio vigilante y monitores que parpadean como luciérnagas electrónicas. Yo me quedo un momento más del necesario, con la mano aún apoyada en el frío metal de la baranda, como si ese contacto me anclara a la certeza de que lo logramos: lo sostuvimos.
El pasillo de UCI es un mundo aparte. El aire huele a limpio forzado, a quietud tensa. Los trajes no entran; se quedan como centinelas a ambos l