La culpa era un sabor amargo en la boca, persistente como el regusto de un café malo. Las palabras de Isabella Rossi, cargadas de una frustración tan genuina y tan humana, no dejaban de resonar en mi mente. "Todo lo que hago, todo lo que soy, nunca es suficiente." ¿Era yo ahora otro instrumento más en la maquinaria que la oprimía? ¿O podía, de alguna manera retorcida, ser también su salvación?
El teléfono seguro, mi único vínculo con Félix, permaneció en silencio el resto del día. La ausencia d