El estudio de Isabella Rossi no estaba en la mansión familiar, sino en un loft en un barrio bohemio, un espacio amplio y lleno de luz natural que olía a trementina, óleo y café fuerte. Caballetes con lienzos en progreso se alineaban contra las paredes de ladrillo visto, y estantes abarrotados contenían frascos de pigmentos, pinceles y latas de spray. Era el santuario de un artista, un mundo lejos del mármol y el oro de su vida oficial.
Isabella nos recibió con los brazos manchados de pintura az