La USB era un fragmento de plástico y metal, frío e inerte en mi palma, pero su peso era insoportable. Una bomba de relojería digital. Un mensaje envenenado. Las palabras en la tablet seguían brillando, burlándose de nosotros desde la pantalla: «El Fénix no arde solo. Bienvenida al juego, Doctora.»
—¿Cisne Negro? —pregunté, mi voz sonó ronca por el humo residual que todavía picaba en mi garganta.
Rojas, que revisaba la caja fuerte vacía con gesto sombrío, se volvió hacia mí. Su rostro era una m