El silencio en el centro de mando era pesado, cargado con el peso de la coordenada solitaria que ardía en la pantalla principal. Un punto frío en un mapa de montañas al norte, el último regalo envenenado de la Araña. No era el Sanctum, no todavía, pero era la llave.
—Es un repetidor —anunció Gael, sus dedos volando sobre los teclados, triangulando datos—. De baja frecuencia, casi fantasma. Pero está activo. Y está enviando una señal de latido… hacia dentro de la montaña.
Kael, pálido, pero con