El silencio en el centro de mando era pesado, cargado con el peso de la coordenada solitaria que ardía en la pantalla principal. Un punto frío en un mapa de montañas al norte, el último regalo envenenado de la Araña. No era el Sanctum, no todavía, pero era la llave.
—Es un repetidor —anunció Gael, sus dedos volando sobre los teclados, triangulando datos—. De baja frecuencia, casi fantasma. Pero está activo. Y está enviando una señal de latido… hacia dentro de la montaña.
Kael, pálido, pero con los ojos brillando de excitación lúgubre, superponía los planos geológicos con los esquemas de comunicaciones. —No hay carreteras. No hay senderos. El acceso es por aire o a través de un sistema de cuevas naturales. La coordenada marca una entrada camuflada. Es brillante. Cualquier aproximación masiva sería detectada por el ruido, el calor, el movimiento.
Félix no apartaba la mirada del punto en el mapa. —Entonces no nos aproximamos de forma masiva.
Clara, a su lado, sentía una fría determinació