El ático se convirtió en un teatro de sombras silenciosas. A través de los lentes de largo alcance, veían a Sylvia moverse con la eficiencia fría de un autómata. Destruía, borraba, desmantelaba meses, quizás años, de trabajo meticuloso. No había prisa en sus movimientos, solo la determinación absoluta de no dejar nada de valor detrás. Era como observar a una araña devorando su propia telaraña ante la primera señal de peligro.
En el centro de mando, la tensión era palpable. Gael monitoreaba la transferencia de datos hacia el servidor suizo. La barra de progreso, una línea hipnótica en una pantalla secundaria avanzaba con lentitud agonizante.
—Está enviando todo —murmuró Gael—. Protocolos de contacto, perfiles de activos, registros financieros encriptados… Es la memoria operativa completa de la Araña. Si perdemos esto…
—No lo perderemos —lo interrumpió Félix, su voz un latido constante de determinación—. ¿Están listos los cortafuegos espejo?
—Listos —confirmó Kael—. Tan pronto como la t