La tensión en el centro de mando se había bifurcado. Por un lado, la galería: un escenario de deslumbrante normalidad donde Félix y Clara representaban su papel con la precisión de actores de teatro, sonriendo, conversando, proyectando una invulnerabilidad que sentían lejos de ser real. Por el otro, la colina: un paisaje silencioso y nocturno donde un camión de apariencia inocente había plantado una estructura enigmática a las puertas mismas del santuario del Discípulo.
—¿Una estación meteoroló