La luz del atardecer teñía de ámbar y oro la suite de la clínica, pero la belleza del momento se perdía en la atmósfera cargada de pesadilla que reinaba en la habitación. Clara, de pie frente a la ventana, no veía la ciudad. Veía el rostro de su hijo, sus ojos azules nublados por el sedante, la manta tejida por Elena envolviendo su pequeño cuerpo inerte. Cada latido de su corazón era un martillazo de culpa y terror. Habían fallado. Ella había fallado.
Félix era un volcán de silencio. Permanecía