La luz del atardecer teñía de ámbar y oro la suite de la clínica, pero la belleza del momento se perdía en la atmósfera cargada de pesadilla que reinaba en la habitación. Clara, de pie frente a la ventana, no veía la ciudad. Veía el rostro de su hijo, sus ojos azules nublados por el sedante, la manta tejida por Elena envolviendo su pequeño cuerpo inerte. Cada latido de su corazón era un martillazo de culpa y terror. Habían fallado. Ella había fallado.
Félix era un volcán de silencio. Permanecía inmóvil en el centro de la sala, su espalda rígida, las manos convertidas en puños tan tensos que los nudillos brillaban blancos bajo la piel. La noticia, transmitida por la voz entrecortada y llena de estática de Anya antes de que la comunicación se cortara por completo, había dejado un vacío helado en su ser. No era rabia, aún no. Era algo más primitivo: la sensación de la tierra cediendo bajo sus pies, de que el universo que con tanto esfuerzo había construido se desmoronaba desde sus cimien