El silencio en el escondite era tan profundo que podía oírse el susurro del sistema de ventilación como un lamento lejano. Lucas dormía plácidamente en su cuna, sus pequeños puños cerrados junto a las mejillas sonrosadas por el sueño. Emma, en la cuna contigua, respiraba con la suave regularidad de quien ignora que es un peón en una partida de ajedrez mortal. Fuera, la lluvia fina de la ciudad acariciaba los cristales polarizados de la ventana, difuminando las luces del skyline en un paisaje de manchas doradas y plateadas.
Anya revisó por tercera vez en una hora los monitores de seguridad. Cuatro pantallas mostraban ángulos distintos del apartamento de lujo, reformado para ser una fortaleza invisible. Dos guardias de Rojas, León y Sofía patrullaban con movimientos sincronizados y silenciosos. Eran dos de los mejores, elegidos personalmente por Rojas para esta rotación de doce horas. La rutina era un bálsamo y una maldición. La calma erosionaba los sentidos.
—Todo en orden —murmuró Any