El silencio en el escondite era tan profundo que podía oírse el susurro del sistema de ventilación como un lamento lejano. Lucas dormía plácidamente en su cuna, sus pequeños puños cerrados junto a las mejillas sonrosadas por el sueño. Emma, en la cuna contigua, respiraba con la suave regularidad de quien ignora que es un peón en una partida de ajedrez mortal. Fuera, la lluvia fina de la ciudad acariciaba los cristales polarizados de la ventana, difuminando las luces del skyline en un paisaje de