Los segundos se estiraron hasta el límite de la resistencia humana en el centro de mando. Clara podía sentir el latido de su propio corazón golpeándole las costillas, un tambor primitivo que marcaba la cuenta regresiva de vidas inocentes. Félix, a su lado, era una estatua de tensión contenida, sus ojos fijos en la pantalla donde el icono del camión frigorífico se fundía con el punto de intercepción designado.
En la carretera secundaria serbia, bajo un cielo encapotado que amenazaba lluvia, la o