La revelación congeló la sangre en las venas de todos en la sala de control. El conflicto había trascendido lo digital, lo territorial, incluso lo filosófico. Ahora se libraba en el ámbito más primitivo y temido: el de la enfermedad pura. Alistair Finch, el académico convertido en titiritero del caos, no buscaba corromper su sistema con mentiras, sino enfrentarlos a una verdad biológica incontrovertible.
—No es un arma biológica en el sentido tradicional —aclaró Gael, sus dedos volando sobre lo