El dosier «Protocolo - Nivel 1» pesaba en mis manos como un ladrillo. No por su grosor —apenas veinte páginas—, sino por lo que representaba: el manual de instrucciones de mi nueva vida. Lo dejé sobre el escritorio de mi suite, sin abrirlo durante horas. Mirarlo era rendirse un poco más. Pero la curiosidad, esa maldita curiosidad que me había metido en este lío, terminó por ganar.
Al abrirlo, no encontré las órdenes arbitrarias o las amenazas veladas que esperaba. Era peor. Era un sistema. Metó