El resto del día transcurrió en una niebla de turbación autoinfligida. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen de Félix en el gimnasio: la tensión de los músculos, el brillo del sudor sobre las cicatrices, la intensidad de su mirada fija en mí. Y lo peor era el eco de mi propia reacción, ese calor vergonzoso que me había recorrido el vientre. Me sentía una traidora de mí misma.
Intenté refugiarme en la suite médica. Abrí la tablet y me sumergí en uno de los casos médicos complejos, un fas