La partida de Alba Torres no trajo consigo el silencio de la derrota, sino la inquietante quietud del depredador que cambia de estrategia. Félix convocó a su consejo de guerra en el centro de mando de la clínica, pero esta vez, la atmósfera era distinta, cargada de una comprensión más profunda y ominosa de la batalla que libraban. No se trataba de una simple disputa de poder o de un conflicto territorial; era una guerra por la propia realidad, por el derecho a definir los límites de su mundo.
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