El silbido del transmisor se apagó, dejando un vacío aún más profundo en el búnker. La energía restante en el monitor fetal bajó a un veinte por ciento. Anya lo desconectó con movimientos frugales, preservando cada joule. La luz roja de emergencia parecía latir más lento, como si el propio santuario estuviera muriendo con ellos.
Nadie habló. La decisión estaba tomada. El mensaje flotaba en el éter, una botella lanzada al océano digital, con la esperanza de que la corriente correcta la llevara a