La luz roja del búnker parpadeaba como un latido agonizante. Clara terminó de vendar el costado de Félix, sus manos manchadas de su sangre. La herida era profunda, pero estable por ahora. El aire, aunque filtrado, comenzaba a sentirse pesado, cargado con el olor metálico de la sangre, el sudor y la desesperación contenida.
—Gael —dijo Félix, forzando cada palabra a través del dolor—. ¿Dónde están mis hombres? ¿Dónde está el equipo de respuesta?
La estática llenó el silencio antes de que la voz