El mundo se redujo al espacio entre el pecho de Clara y los pequeños cuerpos de Lucas y Emma. Sus llantos, inicialmente fuertes y quejosos, se calmaban con el contacto de su piel, con el sonido de su corazón, que ahora latía para tres. El dolor del parto se transformó en un dolor sordo y distante, ahogado por una oleada de amor tan feroz y protector que le cortaba la respiración. Eran reales. Estaban aquí.
Félix no se había movido. Permaneció arrodillado junto a la cama, su mano aún entrelazada