La oscuridad en el búnker inferior era absoluta, rota solo por el tenue resplandor verde del panel de control y la suave luz amarilla de la cuna térmica. El silencio era tan denso que Clara podía oír el susurro de su propia sangre en sus oídos, el leve zumbido de la cuna y los suaves, casi imperceptibles, respiros de Lucas y Emma. El aire era frío y estéril, circulado por un sistema de filtrado que apenas producía un murmullo.
Anya estaba sentada en la banqueta, inmóvil, sus ojos fijos en la pu