La tregua se solidificó día a día, no como un sentimiento, sino como una estructura funcional. La mansión, antaño una tumba suntuosa, comenzó a latir con un nuevo ritmo. Los guardias, que antes solo veían a la "amante del jefe", ahora se cuadraban ligeramente cuando Clara pasaba por los pasillos. "Doctora", la llamaban, con un tono que entrecruzaba el respeto y la curiosidad. Ella respondía con una inclinación de cabeza, aprendiendo sus rostros, sus nombres. No era una estrategia calculada; era