La fuga del encapuchado había dejado un sabor amargo en la boca, una mezcla de frustración y de admiración retorcida por la audacia del enemigo. La sala de control, sumida en un silencio pesado, olía a café frío y tensión reprimida. En las pantallas, Darío, ahora visiblemente alterado, hacía una maleta con movimientos espasmódicos, la nota amenazante reducida a cenizas en su chimenea eléctrica.
—Perdimos el mensaje directo —masculló Gael, la irritación marcando su rostro usualmente impasible.
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