El amanecer llegó con una luz fría y gris que se filtraba por las ventanas blindadas del despacho de Clara. No había dormido. Las imágenes de Darío, de Isabella, de la trampa y la posible redención, danzaban en su mente en un torbellino agotador. Se sentía como una cirujana que hubiera olvidado el procedimiento, manejando un bisturí con manos temblorosas.
Puntual como un reloj suizo, Gael apareció en la puerta. —El canal está listo, doctora. Es una ventana de diez minutos. Conexión encriptada p