El silencio que siguió a la noticia de la muerte de Romina era denso, cargado de ecos de balas y confesiones. Clara no sentía tristeza, sino una alerta fría y pragmática que la mujer de un año atrás no habría reconocido. ¿Quién? ¿Por qué? Las preguntas zumbaban, pero eran eclipsadas por una más urgente, práctica: ¿Dónde? ¿Dónde iba a gobernar, a construir este hospital del que había hablado con tanta convicción frente a los prisioneros liberados?
Félix leyó el silencio que se había instalado en