El silencio era un animal vivo en la suite, pesado y cargado de los ecos de lo que habían sido: disparos, gritos, la confesión brutal de sus necesidades. Clara observaba a Félix desde la cama mientras él se vestía con movimientos precisos, eficientes. No había rastro del amante posesivo de horas antes. Ahora era el estratega, el capo. La transición era tan abrupta como un portazo.
—Levántate —dijo él, sin mirarla, ajustándose el reloj—. Tenemos que mover a los prisioneros antes de que el Consej