La sala de control del complejo era un cerebro recién extirpado de su cráneo. Las pantallas, que horas antes mostraban un despliegue omnisciente de poder, ahora parpadeaban con imágenes estáticas o secuencias de errores de sistema. El aire olía a ozono y sangre seca. Kael, pálido y con una fina capa de sudor en la frente, tecleaba con furia contenida frente a una consola central. Rojas, el guardaespaldas leal de Félix, vigilaba cada uno de sus movimientos con los brazos cruzados, una presencia