El despertar fue lento, como emerger de las profundidades de un océano de algodón envenenado. Clara abrió los ojos, esperando la familiar ansiedad, el nudo de terror en el estómago que había sido su compañero constante durante once días. Pero no llegó. En su lugar, había un vacío, una extraña calma plana y yerma. Era el silencio después de la tormenta, cuando el paisaje ha sido arrasado y ya no queda nada por perder.
La suite estaba impecable. La mancha de tinta en la pared había desaparecido,