LXXXIX

La amenaza volvió más fuerte que nunca, ya no era tácita, no era algo que se sentía en el ambiente y que solamente se veía mediado por insulsos mensajes de texto sino algo real, tangible, tan fuerte que inlcuso fue capaz de doblegarme. Aún con todo lo que yo había vivido nunca me había inclinado, nada lograba doblarme las rodillas hasta esa vez. Pero en esa ocasión era la afrenta explícita, como si de nuevo la muerte me mirará tú a tú directamente a los ojos.

Primero fueron simples mensajes de
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