LXXIII

El día de la boda fue perfecto, como si el universo hubiera conspirado para eso, como si ellos ya estuvieran predestinados desde hacía mucho tiempo. Entonces me tocó mantener la compostura en aquella hermosa y cálida tarde de verano en la que veía como mi vida se me escurría como agua entre las manos.

Tamyria estaba preciosa y si fuera por la cuestión física tenía sentido que él la eligiera a ella, era más delgada y estéticamente más agradable a la vista, yo ni en mil vidas sería tan hegemonica
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