En ese momento todo lo que creía cierto se derrumbó, miré a Alexander Batista: humillado, derrotado, miserable... Y la sensación de triunfo que esperaba tener para cuando lo tuviera rogando sobre sus rodillas y a mi merced se esfumo como el vapor de las olas del mar; fue solo un espejismo pasajero.
Repentinamente un nudo me cerró el pecho, las lágrimas comenzaron a salir solas, un sollozó lastimero cortó el aire... Él me miró, quedaba poco del hombre con el que me había casado y sabía que a su