Gemma tocó suavemente la puerta del despacho de Corrado antes de abrirla. Él levantó la vista de los papeles que tenía en mano, le dio una sonrisa y le indicó con un gesto que pasara.
—Gracias por reunirte conmigo —dijo él, poniéndose de pie para estrecharle la mano—. Sé que tu agenda está apretada, pero necesitaba discutir algunos asuntos sobre la paciente que te mencioné antes. Toma asiento, por favor —Corrado rodeó su escritorio y le señaló uno de los sofás de su consultorio.
Ella se dirigió