Recompensa. 2
El sonido del agua de la tina corriendo arriba se mezclaba con el murmullo del arroz cocinándose, en ese silencio doméstico, Aileen sintió una extraña paz. Después de todo lo que había pasado —los golpes, los gritos del partido, el susto del sapo— el simple hecho de verlo bajo su techo, a salvo, era suficiente, el cuervo se posó en el respaldo de una silla, observándola de reojo.
— Ni lo pienses... — dijo ella sin mirarlo — Esta vez no te vas a robar la carne... — el cuervo graznó, ofendido, y