Apagada. 5
En cuanto terminó, chilló como si su cuerpo estuviera siendo arrancado de sí mismo otra vez, su pelaje negro comenzó a desprenderse en mechones gruesos que caían al suelo como cenizas, cada mechón que caía dejaba ver debajo un brillo distinto.
Un blanco puro, un blanco imposible, un blanco que no pertenecía a ningún lobo común.
— No... no puede ser... — susurró River, con la voz rota.
El pelaje negro cayó en cuestión de segundos, y donde había estado ese lobo azabache poderoso y fiero, ahora se