Pasaron días. Alessandro seguía varado con aquel anciano que lo había recogido. Pero tenía muchos problemas, uno bien sabido: no recordaba nada de su pasado.
Ese día, el anciano le presentó a una pequeña mujer menuda. Era su hija, una joven viuda llamada Irina. Ella no preguntó su nombre. Él no lo sabía. Tampoco le importó. Tenía la mirada confusa de un bebé recién nacido. Sin embargo, ella lo llamó Luka, un nombre suave, sin historia, y él lo aceptó como si siempre le hubiera pertenecido.
Irina