El amanecer filtraba su luz dorada a través de los cristales empañados del invernadero. El perfume tenue de las gardenias flotaba en el aire, mezclado con el rocío que mojaba las hojas y caía en gotas minúsculas sobre los pétalos. Anya estaba sentada en un banco de hierro forjado, encogida sobre sí misma, con los brazos rodeando sus piernas, con la mirada fija en un punto indefinido entre las flores. Parecía una figura de porcelana olvidada en un rincón del mundo.
Leonard cruzó el umbral en sil