El aire olía a óxido, humedad y miedo.
Alexei Romanov ajustó el auricular en su oído mientras descendía, seguido de Sofía y dos de sus hombres más confiables. Bajo ellos, las escaleras metálicas crujían como si aullaran bajo el peso de la noche. Todo el operativo, toda la esperanza, dependía de lo que encontraran allí abajo.
Lilia, por orden de Alexei, había quedado esperándolos en el vehículo de escape, con el rostro pálido y las manos temblorosas. Aunque su cuerpo se rebelaba contra la espera,