El portón de la mansión Volkov se abrió.
La camioneta negra atravesó el camino empedrado flanqueado por cipreses inmóviles, y se detuvo frente a la gran entrada, donde los criados —alertados con anticipación— ya aguardaban. La puerta del copiloto se abrió primero. Lilia bajó con cuidado, ayudando a Nikolai, cuyo cuerpo aún resentía las heridas y la fiebre. Tenía el rostro demacrado, pero sus ojos buscaban con ansiedad algo que lo anclara. Sofía descendió detrás, vigilante, seguida por Alexei, qu