El silencio del refugio estaba cargado de una paz extraña. Afuera, el viento rozaba las ventanas con un murmullo insistente, como si quisiera colarse en el secreto de ese cuarto donde el tiempo parecía haberse detenido. Las paredes eran austeras, las cortinas gruesas y el mobiliario mínimo, pero allí, en esa cama estrecha de madera vieja y sábanas ásperas, reposaba un hombre que había sido quebrado y vuelto a armar a la fuerza.
Nikolai aún tenía los ojos cerrados.
Su rostro, antes duro como el