La mansión Petrov olía a incienso amargo y desesperación. Las luces estaban encendidas desde hacía horas, los sirvientes caminaban con pasos apurados, y los teléfonos no dejaban de sonar. La madre de Alessandro, vestida con un camisón de seda negra y una bata de encaje arrugada por la tensión, estaba sentada frente a la chimenea apagada, aferrando un rosario entre los dedos. No rezaba. Solo repetía el nombre de su hijo como un conjuro: Sandro, Sandro, Sandro…
Igor Petrov, en cambio, caminaba de