Las aguas seguían agitadas, como si se negaran a calmarse tras la furia del enfrentamiento. Pedazos de madera flotaban como cadáveres de un campo de batalla silencioso. El olor a pólvora y sal aún se aferraba al viento. Entre la espuma blanca y restos de cargamento, un cuerpo flotaba, semiinconsciente, sostenido apenas por una tabla rota.
Alessandro.
Sus labios estaban morados, sus párpados pesados, su cuerpo helado. Un leve hilo de sangre le descendía por la frente. Había dejado de luchar hacía