El aire dentro de la mansión se había vuelto espeso, cargado de una seguridad asfixiante que no dejaba espacio para respirar. Cada paso de Lilia era escoltado, cada mirada vigilada, cada gesto reportado. Las cámaras que Nikolai había instalado incluso en el dormitorio parpadeaban con sus luces rojas, testigos constantes de su vida privada. Ya no era una reina… era una prisionera de lujo.
Esa mañana, Lilia se acercó a la ventana en uno de los salones del ala este, con la esperanza de ver el jard