La noche había caído como un velo pesado sobre la mansión Petrov. Un silencio inquietante se cernía sobre los pasillos, interrumpido solo por el ocasional crujir de la madera y el susurro de las hojas mecidas por el viento. Anya permanecía recostada en la cama, en la misma habitación donde había sido confinada durante semanas. Tenía los ojos abiertos, mirando el techo, con el cuerpo cansado y el alma rota. Apenas comía. Apenas hablaba. Solo esperaba.
Una esperanza pequeña, temblorosa, que se afe