Naia
El frío de Moscú nos recibió con una bofetada de realidad en cuanto bajamos del jet privado. Pero esta vez, el aire gélido no me hizo temblar de miedo. Artem caminaba a mi lado, su mano firme en la base de mi espalda, recordándome con cada paso que ya no era una invitada, ni una protegida, ni mucho menos una cautiva. Era su esposa. Era una Belov.
—¿Estás lista para esto, moya koroleva? —susurró Artem mientras el coche blindado nos conducía hacia el centro de la ciudad, donde la alta soci