Naia
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de lino, dibujando patrones de luz dorada sobre las sábanas de seda. Me desperté con una sensación de paz que no recordaba haber sentido jamás un silencio absoluto, roto solo por el susurro rítmico del mar Egeo golpeando las rocas. Al estirar la mano, el lado de la cama de Artem estaba frío, pero en su almohada descansaba una pequeña tarjeta de papel grueso y bordes dorados.
La tomé con el corazón acelerado. Su letra, firme y elegante, dec