Naia
La música de violines seguía flotando en el aire del Gran Salón, una melodía dulce que ahora me resultaba asfixiante. La perfección de la noche, el baile con Artem y las miradas de admiración se sentían como una máscara de porcelana a punto de romperse. Necesitaba un segundo de aire, un momento para procesar que, por fin, parecía que la paz era posible.
—Me disculpas un momento, Artem —susurré, soltando suavemente su mano—. Necesito ir al tocador.
Él me miró con intensidad, esa chispa d