ARTEM
El frío de la frontera con Estonia era un cuchillo que cortaba la piel, pero no era nada comparado con el frío que se instaló en mi pecho cuando pateé la puerta de la propiedad donde Mark debía estar escondido.
—¡Abajo! ¡Todos al suelo! —rugió Viktor a mis espaldas mientras mis hombres irrumpían por las ventanas y las entradas laterales, con los rifles listos para una carnicería que nunca llegó.
Silencio. Un silencio absoluto, denso y burlón.
Recorrí la estancia principal. Había una m