Naia
La casa de seguridad no olía a hogar, ni siquiera olía a refugio.
Olía a cemento frío, a aceite de armas y a esa lluvia persistente que parecía querer lavar, sin éxito, los pecados de los Belov.
Viktor me había dejado en una habitación austera, de paredes grises y muebles minimalistas, pero mis ojos no veían el lujo moderno.
Mis ojos seguían proyectando el destello de los disparos, el cuerpo de Sergei cayendo al suelo y el rostro de Artem, cubierto de sangre transformado en algo que ya