Naia
El tiempo en Grecia se ha vuelto algo difuso, una amalgama de cielos dorados, el olor a salitre y el sonido rítmico de las olas rompiendo contra el acantilado.
No sé exactamente cuántas semanas han pasado desde que aterrizamos en este paraíso privado, huyendo de las sombras de Moscú y del eco de la muerte. Lo único que sé es que, de alguna manera, he vuelto a respirar.
Mi avance ha sido lento, doloroso y, por momentos, frustrante los primeros días fueron un vacío absoluto, un desierto d